Aquel día, ella se dio cuenta de que estaba volando. No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo, ni siquiera recordaba el momento en el que sus pies se separaron del suelo elevando primero el talón hasta dejar la punta de sus dedos como única conexión con la tierra.
Ese sitio la había sostenido durante mucho tiempo. «Más del necesario», pensaba ella, aunque estaba agradecida por haber pasado la mayor parte de su vida tan cerquita de esa plataforma sólida que le daba seguridad.
Cuando tomó conciencia de que todo su cuerpo estaba rodeado por aire, fue cuando se asustó.
Volar era una sensación maravillosa, increíble más bien. Pero no era tan seguro como estar pegada contra el suelo. Podía ir libremente de un lado a otro, solo dejándose llevar por los movimientos de la brisa, a veces suaves, a veces fuertes.
Ahora ella tenía la responsabilidad de ser más constante en su movimiento, tenía que ejercer la presión exacta para que su vuelo fuera estable.
Y justo en ese momento, se paralizó.
Su cuerpo empezó a caer sin control, cada vez más rápido.
Estaba tan asustada que no sabía qué hacer.
Sólo pensaba en cómo se las había apañado para volar tan alto sin darse cuenta. Se reprochaba a sí misma el no haber estado atenta a los actos que la llevaron hasta ahí arriba. “Hubiera sido mejor quedarme contra el suelo” se decía una y otra vez.
El suelo estaba cada vez más cerca. Si no hacía algo rápido quedaría aplastada contra el suelo para siempre y sin apenas poder moverse. Eso en el mejor de los casos, en el peor, podía morir tras ese duro golpe.
Cerró fuerte sus ojos, ya se había concienciado, “si no muero, será como haberlo hecho”. Quedaba tan poco para el choque que podía ver la huella que sus lágrimas dejaban en la tierra.
Mientras pensaba en todas las cosas que había hecho y los seres a los que había querido durante su vida terrenal, una voz se oyó en su cabeza: “Recuerda, has pasado mucho tiempo recopilando experiencias para poder tejer tus alas, confía en ellas. No dejes que todo quede en el olvido.”
Así fue como aquella mariposa rozó el suelo con su barriga mientras admiraba la belleza de sus alas hechas con los retales de su vida. Quedó maravillada ante esas grandes páginas de colores, tristes y alegres, cargados de experiencias y personas que le habían obsequiado pequeñas dosis de sabiduría con las que pudo formar esas herramientas que la acompañarían el resto de su vida.
Desde entonces, ha disfrutado de su vuelo, decidiendo dónde y cómo llegar a nuevos sitios, decidiendo cómo volar su vida.
Muchos dicen que la han visto enseñando a otras usar sus pedazos rotos para volar.