A mi hermano, por ayudarme a pensar

Pues yo creo que no sabes estar sola, pero sola, sola. Contigo misma. De eso que dejas el móvil en tu habitación y no necesitas hablar con nadie, ¿por qué? Pues porque estás en tus cosas y no necesitas distraerte.

Pues no sé, tío, no sé si sé estar sola o no, lo que sí sé es que últimamente me siento sola, que no es lo mismo que lo que tú dices creo. 

Pero ¿tú qué haces cuando no estás con gente? 

Pues lo normal, netflix, whatsapp, instagram...

Total, que no sabes estar contigo misma, aunque crees que sí. El mero hecho de estar sin compañía más de dos días te pone triste. Sin darte cuenta, buscas crear relaciones con otras personas para que estén cuándo y cómo tú quieres que lo hagan. Por eso te sientes sola, porque nunca estás contigo misma y por mucho que busques en los demás, nadie puede llenar ese hueco.

Joder, pues qué mal ¿no? porque entonces mis relaciones están condicionadas por mi necesidad de evasión y no son reales, son egoístas e inmaduras. Y ahora…. ¿qué hago? Porque la verdad es que me siento mal al hacer las cosas desde ahí, desde mi miedo a la soledad. 

Pues habría que empezar por saber qué cosas son las que te gustan hacer a ti. 

¿A mí? 

Claro a tí, ¿a quién si no?

Ah, Claro… Entonces, sería como conocerme a mí misma… ¡Qué fuerte! Llevo toda mi vida conmigo y no sé lo que me gusta, no me conozco…

Septiembre había llegado trayendo un poco de aire fresco tras un verano demasiado caluroso. Los termómetros de agosto pusieron a prueba la paciencia de todos. Demasiado calor. No estaban acostumbrados a pasar noches a más de 30 grados en las que no podían conciliar el sueño. Se levantaban más cansados de lo normal. Cuando las personas están cansadas tienen poca capacidad para gestionar sus emociones, no les queda batería para todo.

Él se levantó tarde esa mañana, había dormido mal y no escuchó el despertador. Tampoco importaba mucho, había elegido una forma de vida que se adaptaba a sus ritmos y no al contrario. No todos tenían esa suerte, pero él sí, ella también. No todo estaba tan desordenado en sus vidas cuando pudieron encontrar una rendija por la que colarse en el sistema. No una rendija cualquiera si no la que daba paso a una vida diseñada por ellos mismos y no por ese mamotreto capitalista que no tenía en cuenta sus necesidades, sus pasiones ni sus flujos. Pocos eran los que se atrevían a apostar por sí mismos aún en contra de todas las voces hostiles. Pero las esquivaron y fueron fieles a su intuición, esa que les decía que había algo más. Para eso necesitaban confianza y ellos la tenían.

Desde su cama, observó el mar. Los reflejos brillantes de los rayos del sol sobre el agua calmada le recordaban a pequeños niños de plata jugando entre ellos, danzando entre sí al ritmo de una vieja canción africana cantada por sus madres anunciando la llegada de las lluvias. “Yah yebi tom nuguee Um kuru tili bare made Kothbiro Kem luru do ketaa-lha” 

Abrió la ventana y olió el mar. Sabía que ese olor no estaba en todos los mares, estaba en su mar, el que le vio crecer.

Ella se levantó antes que el sol, como de costumbre, no dejaba a la luna acostarse sin desearle buen descanso. La miraba colarse por la espalda de aquel monte, en el momento más oscuro. Esa sombra duraba muy pocos segundos, pero tenía la fuerza suficiente como para estremecer su cuerpo apoyado en el marco de la ventana. Por suerte cada mañana aparecía esa línea rosa pálido que despertaba el canto de los pajarillos del árbol que protegía la entrada de su casa. Salió a pasear por la montaña antes de desayunar, le gustaba sentir el tacto, aún húmedo, del tronco de los árboles cuando apenas podía distinguir sus formas. Las piedras sueltas hacían temblar sus tobillos recordándole aquella época en la que no tenía la suficiente fuerza en sus piernas para sostener la  excesiva flexibilidad de sus ligamentos que tan malas pasadas le habían pasado.

Has estado sola en muchos sitios. Pero siempre has estado acompañada. Porque, no nos engañemos, le das bola hasta a las piedras. Siempre te las apañas para rodearte de gente y crear espacios de confianza. Gran virtud. Arma de doble filo.

Es verdad, nuestras virtudes desbocadas son nuestros peores enemigos. Me gusta estar atenta a eso, porque cuando me distraigo un poco… ¡zas! ya estoy usándola para no afrontar lo que me incomoda, como lo de ser tan sociable.

Es que el miedo es sutil como una serpiente y sucio como el chapapote.

¿El qué? ¿Chapa qué?

Chapapote. A principios del 2000, un barco que transportaba petróleo tuvo un accidente y derramó al mar 77 mil toneladas de petróleo. En Galicia, en la Costa de la Muerte. Fue una verdadera catástrofe. El petróleo inundó el mar, que continuó con su ritmo habitual y devolvió el brebaje viscoso a las costas de la región. Todo se tiñó de negro. Todo lo que tocaba lo envolvía y lo llevaba a la muerte. Fue impactante ver aquellas imágenes, los numerosos animales cubiertos por aquel manto negro, la cantidad de voluntarios que acudieron a limpiar las costas, con sus monos blancos que acabaron repletos de manchas.

La Costa de la Muerte… ni puesto a posta el nombre, ¿no?

Más irónica, aún, fue la gestión política que se hizo, pero eso para otro día. A lo que yo iba es que el miedo hace como el chapapote. Todo lo que toca lo cubre de un manto negro hasta que se apaga y acaba muriendo.

Hasta las virtudes…

Hasta las virtudes.