En las últimas semanas a todos nos ha llegado la noticia del suicidio de una persona que se dedicaba al mundo del espectáculo.

Esto ha hecho que volvamos a dar la voz de alarma, que volvamos a reivindicar la importancia de la salud mental y que volvamos a preguntarnos, una vez más, ¿Qué lleva a una persona a acabar con la vida?

En los últimos meses, la muerte ha estado muy presente en mi trabajo, he reflexionado, junto a personas, sobre qué supone el final , voluntario o no, de la vida; sobre qué necesidades no estaban siendo cubiertas previamente al intento de poner fin; sobre qué nuevas estrategias desarrollar para poder conectar con la vida.

Siempre llego a la misma conclusión: «Hace falta motivación«

Una vida sin motivación se hace sombría, cuesta arriba, sin sentido… Es decir, difícil.

Pero ¿Cómo conseguir motivación por la vida en un mundo donde todo es blanco o negro? ¿En un mundo que permite verme eufórica o desolada sin inmutarse?

En un mundo que continuamente nos manda el mensaje de que lo que tenemos no es suficiente, de que siempre podemos conseguir algo mejor, haciéndonos poner nuestro foco de atención en lo que falta en vez de lo que hay. Le quitamos valor a todo lo que hemos conseguido porque siempre hay algo mejor.

Y esto, no es solo responsabilidad de los profesionales de la salud mental, ni de la concienciación de la importancia de atender al mundo emocional, (sumamente importante). Esto es responsabilidad de todas y cada una de las personas que permitimos y perpetuamos todas aquellas conductas que refuerzan la esencia del cuanto más tengamos mejor, da igual la calidad.

«Ahora que has sacado un notable, el próximo objetivo es el sobresaliente»; «Bueno, ahora que has terminado la carrera, tendrás que buscar un trabajo»; «Ya tienes trabajo, ¿tienes pareja? habrá que casarse, ¿no?»; «Y tú, ¿no vas a tener hijos?»; «Quiero un ascenso, una casa propia, un coche, una residencia de verano, el último modelo del móvil de turno, la ropa de tal marca, una nueva pareja, unas vacaciones de lujo, los mejores estudios para mis hijas/os.» Y vuelve a empezar la rueda.

Nunca es suficiente y nunca se valora lo que tenemos, lo construido, el trabajo constante, la implicación con la vida propia.

¿Es posible que en un mundo así podamos encontrar una motivación real? ¿Algo que nos levante de la cama con la energía suficiente como para hacerle frente a las tormentas cada día?

Es difícil.

Pero no nos paremos aquí, démosle un puntito más. Tenemos un sistema de vida que pone el foco de atención en lo que falta y no en lo que hay pero que, además, no quiere verte triste, ni eufórica, ni perdida, ni desbocada. No quiere, ni puede, sostener el vaivén de tus emociones.

¿Por qué? Porque no las conoce. Hemos llegado hasta la luna pero no hasta la pena, el miedo, la frustración, la ira, la desolación o la exuberancia de la alegría.

Si lloras: «No llores», «Anímate», «Evádete». Si te enfadas: «Hay que ver cómo te pones», «Qué exagerado si no es para tanto»; «Qué violenta». Si ríes más de la cuenta: «Está pirado», «es raro».

No señores/as, a esta persona, que expresa sus emociones de forma descontrolada, LE PASA ALGO.

No es especialita o especialito, le pasa algo con lo que no sabe convivir y necesita ayuda aunque no sepa pedirla o aunque no sea visible su petición o no la comprendamos.

No sé cómo evitar un suicidio, sé acompañar a las personas que lo han intentado y han conectado con el susto que conlleva y han decidido vivir.

Pero lo que sí sé es que para poder bajar la alta tasa de suicidios tenemos que hacer un trabajo de concienciación de la forma de vida que llevamos. Tenemos que seguir luchando por un servicio de atención a la salud mental ACCESIBLE para todos y por una educación emocional de CALIDAD. Hacer una revisión del sistema económico que estamos convirtiendo en una bestia que arrasa con todo lo vivo que encuentra a su paso.

Y sobretodo, escucharnos, comprendernos, evitar los juicios y animar a los demás a conectar con la vida desde sus posibilidades reales y no desde la idealización.