Artículo publicado el día 11 de Septiembre 2022 en el Periódico Ideal de Granada.

Nos ha tocado vivir un periodo histórico realmente complicado. Acostumbrados a los aleatorios ataques terroristas, al hambre y pobreza de África o India, incluso a las guerras lejanas y silenciadas como la de Afganistán. Hasta ahí estábamos, más o menos, bien. Nuestras vidas giraban como la rueda de un hámster. Absortos en la ignorancia propia del sistema del bienestar. De la noche a la mañana, un virus microscópico nos cambió la perspectiva, nos puso en jaque atacando con la mejor arma de condicionamiento humano, el miedo a la muerte. Con nuestros más y nuestros menos, salimos adelante de esto, poco a poco comenzamos a reconstruir nuestro día a día. Entonces, una invasión armada a las faldas de nuestra comunidad. «Europa se enfrenta a una guerra». Abrimos las puertas a refugiados, a estos sí, por cierto; mandamos comida, ropa de abrigo y demás ayudas al país vecino. No estoy contando nada nuevo, lo sé. Por eso mismo voy a pararme en este punto y hablar de lo que realmente hace complicado estos tiempos que corren. El miedo. El miedo es como el petróleo, todo lo que toca lo ensucia. Lo cubre por completo como una masa viscosa que apenas deja espacio para el oxígeno. Envueltos en ese engrudo a los seres vivos les resulta muy difícil vivir, con dificultad, sólo consiguen sobrevivir. Esquivando estas oleadas de miedo, propias de los nuevos años veinte, andaba yo paseando tranquilamente por mi barrio, cuando aún el invierno estaba aferrado a las noches de la ciudad pero la primavera comenzaba a conquistar territorio, justo como hacía Putin con las ciudades fronterizas de Ucrania. Fue en este paseo cuando escuché la voz de una mujer. Sus gritos aterradores salían de un apartamento muy cercano al mío. Comenzaron a aparecer los curiosos pero solo fuimos unos pocos los que nos atrevimos a hablar con ella. Estaba muy asustada, mucho, pedía ayuda de una forma desesperada. Por deformación profesional, supuse lo peor, pero mi peor se quedó muy chiquito al lado de su peor. Se trataba de una mujer de unos 35 años, ucraniana, en pleno ataque de pánico, que apenas podía escuchar lo que intentábamos decirle. Solo quería advertirnos del miedo que se pasa cuando sabes que tu familia está en peligro por una guerra y no puedes hacer absolutamente nada. Hablamos con ella para intentar calmarla. Finalmente, la escena se resolvió con relativa rapidez gracias a los servicios públicos de urgencias. Pero en mi cabeza se quedó muy presente la imagen de esta mujer, a unos 4000 kilómetros de su país de origen, recibiendo una sobredosis informativa sobre la invasión de Ucrania. La he imaginado, una y otra vez, sentada delante de un televisor consumiendo continuamente imágenes de dolor y violencia. El miedo es una emoción básica muy necesaria, recordemos que gracias al miedo pudimos desarrollar estrategias de protección que nos hicieron evolucionar como especie. A su vez, el miedo nos incomoda y por eso intentamos evitarlo. Pero él se alimenta de la evasión, cuanto menos lo miramos, más grande se hace. Sin embargo, cuando lo miramos a los ojos y lo aceptamos como un estado emocional transitorio, el miedo se hace pequeño hasta que desaparece. Aunque, actualmente, ya no tenemos aquellos peligros que había cuando estábamos a caballo entre el mono y el hombre, seguimos necesitando esta emoción ya que nos protege de vivir de una forma extremadamente temeraria que nos ponga en verdadero peligro. Lo necesitamos, sí, pero en su justa medida. Al consumirlo en exceso nuestro cuerpo y nuestra mente reaccionan de forma desmedida. A veces nos paraliza, no encontramos la solución a nuestros problemas; otras veces, nos acelera y tomamos decisiones o llevamos a cabo acciones sin tener el espacio de reflexión adecuado que requieren. Creo que, como sociedad, es necesario hacer un ejercicio de reflexión acerca de la forma en que estamos relacionándonos con aquellas situaciones que hacen temblar el suelo que pisamos porque la sobre información puede llevarnos a situaciones personales de crisis. Esto no nos cuida como individuos y, en tiempos revueltos como los que vivimos, lo que más necesitamos es cuidarnos. Porque la forma más sana de hacer frente a la fuerte marea es estando unidos, trabajando en equipo y para que exista un buen equipo se necesitan individuos que estén cuidados.