¿Alguna vez has pensado cuántas ordenes nos damos a lo largo del día?

Los «tengo que» y los «debería» reinan en nuestro discurso diario: «Tengo que ir a trabajar, debería preparar la comida, no puedo quedar, es que tengo que ir a no sé donde, no debo hacer esto…» Y así un largo etcétera.


Esta es la forma en la que empezamos a perder las riendas de nuestra vida. Todo se convierte en exigencias y órdenes autoimpuestas que nos alejan de nuestros deseos y necesidades.


Personalmente no recuerdo cuando empecé a hablarme así y, por supuesto, nunca pensé en las consecuencias que este diálogo interno iba a tener en mi bienestar. Aunque esto es otro tema de conversación. Lo peor de todo ha sido creer que esto era la madurez, un amasijo de experiencias alejadas del juego y del disfrute.


La raza humana, la especie más «inteligente», tenemos asociado el juego, el sano, exclusivamente a la etapa de la niñez. Según la RAE, jugar es «Hacer algo con alegría con el fin de entretenerse, divertirse o desarrollar determinadas capacidades.»

Por ejemplo, los cachorros de la leona aprenden a cazar jugando entre ellos, así, cuando maduran recrean este juego como una estrategia de supervivencia que asegura su alimentación.


¿Por qué los humanos dejamos de jugar? ¿Por qué dejamos de experimentar la vida con alegría y entretenimiento?
¿Cómo va a ser una vida placentera con un exceso de deberes y una escasez de diversión? Es imposible.

Cuando hacemos las cosas disfrutando, divirtiéndonos, con alegría, salen mejor. Nos dejan un buen recuerdo y una experiencia de aprendizaje sano.


Hace unos días, en una cafetería observaba a la camarera que nos atendía. Para todos tenía una sonrisa, un buen comentario y un «que tengas buen día».

Esta es la clave del éxito.
Pero no el éxito del consumismo: el de tener mucho dinero para tener muchos bienes materiales.
Me refiero al éxito personal, el de sentirse bien con la propia vida, con nuestro día a día.

Probablemente esta chica nunca soñó con un trabajo tan duro como es el estar detrás de una barra, pero lo hace.
Lo hace poniendo la intención de felicidad, disfrute y diversión. Lo hace jugando.


Seguramente me preguntarías ¿Qué se hace si no se encuentra la forma de poder disfrutar?

Desde mi punto de vista, creo que esto se consigue buscando un espacio de la vida en el que se pueda hacer algo olvidando todas las exigencias que nuestro discurso interno genera.


Lo hacíamos cuando éramos pequeños o pequeñas. No éramos los mejores pero aún así pintábamos, cantábamos, bailábamos, interpretábamos personajes, practicábamos ejercicios o pertenecíamos a algún equipo de algún deporte, con el simple objetivo de disfrutar.

No existían los «tengo qué», ni los «debo». Sólo contaban los «quiero hacer»… o los «me gustaría».


Creo que poder vivir la vida desde la diversión ayuda a conseguir el éxito personal.
Así que, ahora que estamos en Navidad, la época del año que, sin duda alguna, pertenece a la infancia, ¿nos permitimos alejarnos de las compras, las obligaciones y las prisas y … jugamos?.

Y tú, ¿que opinas?