Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada el día 16 de Mayo de 2023

Hace unos días en un debate, de clase del máster que estoy cursando, estuvimos reflexionando acerca del origen del abandono escolar.

Hubo muchas intervenciones acerca de los numerosos cambios de leyes educativas que vive este país, de la importancia del papel de las familias, de la falta de respuesta a las verdaderas necesidades del alumnado, etc. Aspectos que son realmente importantes a la hora de valorar la calidad de un sistema educativo.

Pero para mí, la cuestión va más allá, este absentismo o fracaso escolar es la visibilización del verdadero problema que tenemos en nuestra sociedad del «bienestar».

Todas estamos influenciadas, tanto en el ámbito educativo como posteriormente en el laboral, por un sistema enfocado a la consecución de logros sin darle espacio a aspectos tan importantes como el bienestar emocional, la responsabilidad afectiva y la cohesión comunitaria.

Continuamente, celebramos las calificaciones altas, como el sobresaliente o el notable, cubriendo de elogios a quien que las consigue, destacándolas por haber alcanzado su meta, pero no valoramos si en ese camino ha tenido espacio para cuidar de sí misma y de sus relaciones sociales. Y mucho menos a aquellas personas que, aún habiendo realizado un esfuerzo considerable durante todo el proceso educativo, alcanzan un «simple» aprobado. 

Recordemos que, durante las primeras etapas de la vida, recibir atención y aceptación social es un aspecto crucial en el desarrollo de la conducta y de su posterior personalidad adulta.

A menudo, en mi trabajo, escucho a jóvenes de 2º de bachillerato relatar al detalle las crisis de ansiedad que están sufriendo durante las semanas previas a sus exámenes finales. Durante este periodo están completamente centradas en conseguir la mejor nota posible, sin apenas dormir, disfrutar de espacios de ocio y reunirse con sus círculo de amigos, sin tener en cuenta que para la asimilación de conceptos y fijar aprendizajes el cerebro necesita descanso. Mi pregunta siempre es la misma: «¿Por qué le dedicas tanto tiempo al estudio y tan poco a lo demás? Porque tengo que sacar la mejor nota». Y mientras años tan importantes en la vida pasan experimentando situaciones de estrés que no corresponden a la niñez o la juventud.

Y por otro lado, está la versión opuesta: ¿Para qué voy a estudiar si de todas formas voy a seguir siendo el malo de la clase? ¿Para qué ir a clase? En ese espacio no me quieren, ni yo tampoco a ellos. Es muy duro escuchar a alguien que tiene toda la vida por delante hablar entre líneas del dolor que sufren al ser marcados como molestos y que se empeñan en ocultar detrás de actitudes agresivas.

¿Por qué menciono estos aspectos? Pues porque en nuestro sistema educativo (y social) hay muy poco espacio para la gestión emocional, el desarrollo de vínculos respetuosos, la colaboración y la creación de un verdadero espacio de acogida social. Sin embargo, el peso de las materias académicas es tan fuerte que nos olvidamos de que estamos perpetuando un sistema competitivo basado, única y exclusivamente, en generar agentes productivos para mantener el sistema, como si de maquinaria insensible se tratase y no de las personas que van a sostener nuestra vejez.

El ser humano ha llegado a la luna pero aún no ha llegado al mundo interno propio ni ajeno. En nuestra evolución como especie, hemos crecido mucho intelectualmente pero muy poco en lo emocional. Hay un gran desequilibrio entre lo material y lo emocional que se transmite a todos los ámbitos de nuestro sistema social marcándonos, cada vez más, en nuestro día a día.

En mi opinión, esto es responsabilidad de todos: las familias, la escuela, los vecinos, las empresas, las leyes educativas, etc. Todos estamos contribuyendo a mantener un sistema educativo que no tiene espacio para atender el dolor, la soledad, la frustración o el aislamiento que viven muchos de nuestros jóvenes. ¿Es esto lo que queremos para nuestros hijos?

Creo que es muy necesario un cambio de mirada en la elaboración de toda nuestra estructura  educativa: el tipo de enseñanza, las ratios alumno/profesor, el equilibrio entre las materias académicas y las de valores, vínculos y autocuidado.

En definitiva, entristece observar una herramienta tan hermosa como la escuela y ver cuánto sufrimiento se genera en ella.